El por qué de Ferguson

Martes 10 Enero 2012 12:10

No es un problema de nadie más que de la gente del Barça, cuyo entorno a menudo resulta ser más un enredo de intereses y necedades que otra cosa, que Guardiola acabe quedándose un año más en el club. Sin embargo, hasta alguien tan respetuoso y lejano como Sir Alex Ferguson se ha visto impelido a decir, como extrañado, que si él fuera Guardiola no se iría del Camp Nou. “¿Por qué tendría que irse?”, se ha preguntado en voz alta sin que nadie pueda, efectivamente, responder con lógica y argumentos sensatos por qué a este club le ha de tocar mantener en torno a la continuidad de Guardiola una especie de temible misterio siempre al borde del horror de su marcha o del final trágico del cuento más feliz de la historia del Barça.

Pero si se analiza, la cuestión sigue siendo atormentada y profundamente ridícula. Si Guardiola no se siente a gusto, si no dispone de los medios suficientes para trabajar con comodidad, si la directiva no le complace como él espera, si no cobra lo bastante, si la plantilla tampoco está a su altura, si la afición no le entiende o se siente desquerido, si ganar lo que ha ganado tampoco le llena o si al final tampoco entrenar al Barça le confiere la vitalidad suficiente para que su vida sea lo bastante plena, lo que tiene que hacer Guardiola inmediatamente es dejarlo y marcharse corriendo. Nadie debe vivir, salvo si uno ha de mantener a su familia y no encuentra otro trabajo que le guste más, sojuzgado por una situación que le hace profundamente infeliz. Y menos Guardiola, cuya filosofía, esfuerzo y trabajo ha traído la felicidad al barcelonismo. No sería justo.

El caso, sin embargo, es que Pep deja permanentemente rastros evidentes de esa melancolía y de esa tristeza que, si no son afectadas, trascienden en forma de permanente estado alerta. Parece vivir siempre a punto de emprender la huída hacia otra parte, no se sabe a dónde, como si el Barça le quemara o el compromiso de seguir en el banquillo del Camp Nou le supusiera cada año otra dosis amarga de responsabilidad y una carga insoportable.

¿Por qué? De su lobby periodístico, ese que exagera sus enormes virtudes a veces hasta la caricatura y no admite un solo defectillo ni la menor equivocación su dios, se desprende en forma de susurros que no se siente a gusto con la actual directiva de Sandro Rosell y que, por el contrario, casaba más con el desmadre permanente de la junta anterior de Joan Laporta, hacia el que siente una infinita gratitud por haberle nombrado un día entrenador del primer equipo. También en ese caso, si su incompatibilidad con el presidente llega al extremo de producirle dudas y depresión debería renunciar al cargo, por salud y por coherencia. Querría decir que Rosell no es capaz de regar y cuidar uno de los mayores tesoros del barcelonismo y por tanto merecedor de recibir el castigo que supondría el rechazo de Guardiola.

Ahora bien, Guardiola muestra tan inequívocos y continuos tics de resentimiento, recelo e incomodidad respecto a su futuro como ninguna muestra de querer abandonar su trabajo a corto o medio plazo. La generación de incertidumbre se ha convertido en su especialidad mediática, que no es la cuestión que aquí se analiza sino la tontería que viene a significar haber de vivir, por culpa de esta teatralidad en que la se mueve muchas veces Pep, en un estado de angustia que a Ferguson le parece, racionalmente, tan absurdo. Si esta comedia dura muchas semanas más, como parece preferir cada temporada, lo que se genera es un debate también desatinado, recurrente, casi aburrido y sobre todo con un punto exasperante de insinceridad. Si su deseo e ilusión es seguir en el Barça, una opción que a Ferguson no le cabe en la cabeza en forma de disyuntiva, no tiene por qué estirar sin sentido el momento de la decisión final. Si por el contrario es su voluntad, por la razón que sea, no continuar al frente de la nave, como hombre de club y barcelonista también sabe que si él se va la junta necesita un tiempo prudente para preparar su sustitución. Y es que Ferguson se ha hecho la misma pregunta que nadie sabe contestar. “¿Por qué habría de irse del Barça?”. Acaso Pep tampoco sepa del todo la respuesta.

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